El camaleón
El camaleón
Miami 2006
¡Quién fuera como él….!
Cuando el camaleón está en la arena es café, cuando está sobre una roca es gris y cuando se pone cerca de un arbusto frondoso, también toma su color. A pesar de la rapidez para cambiar sus colores según donde se encuentre, el camaleón sigue siendo el mismo camaleón. Me encantaría ser como él, para que todo el cambio que cada proceso de adaptación trae consigo, se dé sin derrumbar mi esencia.
Nuestro avión aterrizó en Miami en una espléndida mañana de cielo azul. Los niños, emocionados, salieron del avión y se apresuraron para llegar primeros a las filas de migración. Había tanta gente que llegaba a Miami, que el aeropuerto tenía el aspecto de una terminal de bus ecuatoriana en hora pico.
Todos esperábamos nerviosos pasar por migración y así poder al fin, entrar en el país del “sueño americano”. Al vernos en la fila, parados con tres niños pequeños, un amable guardia de migración se comidió y nos llevó a la fila de ingreso para los ciudadanos estadounidenses, gesto maravilloso que nos ahorró varias horas de espera. En la ventanilla, un gigante de unas doscientas libras abrió sus gruesas manos y clavándonos una mirada investigadora nos pidió los pasaportes. En aquel instante, mi hija de cinco años interrumpe la escena y me pregunta con voz alta y en español:
-¿Mamá, porqué él está tan gordo?
Enseguida bajé la cabeza para mirarla y lo único que pude fue desear que la tierra me tragara -el proceso para conseguir las visas para vivir dos años en los Estados Unidos nos había costado tanto tiempo, dinero y energías que lo único que no quería era que algo arruinara todo aquel momento.-
La sonrisa cómplice e inmediata de aquel gigantón, tranquilizó el ambiente y continuamos ya mas relajados con todos los requerimientos: huellas digitales, mirada a la cámara y seguir contestando algunas preguntas.
Al salir por fin del aeropuerto un gran calor y muchas palmeras verdes nos dieron la bienvenida. Allí estábamos, por primera vez sin la familia grande, con veinte maletas y tres niños cansados y con hambre. Lo primero que hicimos, fue darnos un gran abrazo pues se había cumplido el primer paso de nuestra nueva aventura profesional y familiar. Atrás quedaron el frío, los Alpes, los Andes (porque antes de llegar a Miami pasamos unos meses en Ecuador), nuestras familias y los buenos amigos.
