Quito, 2005

A las once y media de la mañana -demasiado tarde para comenzar un viaje que dura más de seis horas- mis hijos, mi esposo y yo, dejábamos la triste lluvia serrana, para ir a cobijarnos con el calorcito tropical de la costa ecuatoriana.
Los niños estaban muy ilusionados por ver el mar y confirmar las historias que su mamá les había contado sobre su infancia en el mar. En las curvas angostas de la carretera del páramo mis canciones y recitaciones no tuvieron más eco, el mareo y la gana de vomitar conquistaron a mi audiencia que lentamente se rendía ante el frío y la neblina del camino quedando profundamente dormidos, cabeza contra cabeza. Tres horas más tarde, los despertamos para comer algo en uno de los tantos restaurantes al borde de la carretera costeña.
-¡¡Árboles de coco!!- Gritaron sorprendidos.
– Se llaman palmeras- respondí feliz al ver sus caritas llenarse de una sonrisa gigante y enseguida comenzó el interminable juego de preguntas y respuestas.
A los pocos minutos, un grupo de niños sin zapatos se nos acercó.
-¿Qué quieren esos niños?- preguntó sorprendido mi hijo mayor (7 años).
-Nos quieren vender fruta- respondí contemplando su mirada curiosa.
-¡Niños que trabajan! Exclamó emocionado, -¡qué bien, así se ganan su platita para ir a comprar sus golosinas!- Sus ojos brillaron por unos instantes. Mi esposo y yo nos quedamos viendo por unos segundos. Había que improvisar una corta aclaración sobre las diferentes realidades por la que pasa la niñez ecuatoriana.
El sinsabor de nuestra sencilla explicación, en la que la compra de golosinas no tuvo protagonismo, hizo que los niños se pongan tristes. ¿Cómo era posible que no tengan zapatos y juguetes?
Decidimos quedarnos a comer en un pequeño restaurante del lugar. El joven que nos atendió no habrá tenido más de catorce años. Con su mejor sonrisa, invitó a mis hijos a escoger una mesa y los trató con mucho cariño, haciéndolos sentir los huéspedes más importantes del mundo, lo que hasta ese momento no habían sentido en ningún restaurante. La fascinación de mis hijos por el muchacho quedó en el pasado cuando el tiempo de espera por la comida se hizo infinito.
-¿Mamá, porqué se demoran tanto? Reclamó mi hijo más pequeño (2 años) indignado y hambriento.
-Están preparando todo fresquito- le contesté tratando de calmarlo, aunque yo misma estaba asombrada de la lentitud y la pasividad de la gente. Reclamé, pero de nada sirvió. Era la costa, allá son otras costumbres y el ritmo de vida es diferente, más lento y sobretodo, no hay apuro para nada. Una comparación con el ritmo de vida de suiza no tenía lugar, había que aceptar y adaptarse lo más rápido posible.
Faltando una hora antes de llegar a Atacames mi hija reclamó tapándose la nariz:
-¿Quién fue, quién se echó un pedo?-
-¡Nadie fue, qué chistosa! Ese olor horrible causan las refinerías de petróleo. En Ecuador el petróleo es…- proseguí con la explicación del caso, la misma que años atrás recibí de papá. El ciclo se cerraba. Qué sensación mas hermosa tuve ese momento al transmitirles un poco de mi pasado y presente.
El toque tétrico lo pusieron los terribles accidentes que marcaron la ruta con sangre y tristeza. Autos volcados, gente desesperada, ayuda tardía, falta de señales, falta de control, alcohol al volante, exceso de velocidad, derrumbes, curvas peligrosas…Para mis hijos los viajes a las playas europeas no habían sido tan llenos de aventuras como éste.
Por la noche, exhausta de tantas explicaciones y emociones, me tumbé en la cama para dormir plácidamente bajo el abrigo tropical que tanto extrañé.
Desde la tierra de la alegría, de las langostas y de los ceviches me despido, saludando cariñosamente a todos aquellos que están en el frío y la nieve, deseándoles calurosas horas de amor y de felicidad.

1 Kommentar
  1. Katrin
    Katrin sagte:

    Hallo Maife

    Nun bin ich bereits seit einer Woche wieder zurück von meiner tollen Reise!! Es war fantastisch:-) ich bin beeindruckt von Ecuadors Vielseitigkeit und konnte viele schöne Erinnerungen mit nach Hause nehmen:-)

    Vielen Dank für deine lieben Tipps! Es war super!

    Liebe Grüsse Katrin

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